El hombre en cuarentena.

Llevamos más de una semana encerrados en nuestras casas. Pareciera que el planeta nos mandó castigados a nuestro cuarto, para pensar en lo que hemos hecho. ¿O será que en lo que debemos pensar es en lo que NO hemos hecho?

Este mismo mes vivimos una manifestación de una escala que no se había visto antes, seguida por un paro nacional que nos hizo darnos cuenta de lo distinto que sería todo de no tener a las mujeres con nosotros, y abrió espacio para que nosotros los hombres pudiéramos dialogar acerca de todo lo que hemos hecho, consciente o inconscientemente que ha aportado a la misma cultura que queremos detener, la cultura machista. Y como si fuera poco trabajo el que teníamos por hacer, un par de semanas después nos encontrábamos en medio de una pandemia. Fronteras cerradas, toques de queda, compras de pánico, tiendas sin papel de baño (lo cual es algo ridículo). Todo en el mismo mes.

¿Cómo es posible que dos momentos históricos de la humanidad hayan ocurrido el mismo mes? ¿Qué significa esto, tanto mal hemos hecho? ¿Qué va a suceder con la humanidad después de esto? ¿Podremos volver a la normalidad, o es esto un parteaguas en la historia del ser humano? Porque para ser honesto, deseo que sea un parteaguas.

A partir de estos sucesos, hemos comenzado a hacernos preguntas que nunca antes nos habíamos hecho. Algunas nos llevan a la ansiedad, cuando solo preguntamos y preguntamos y nunca nos detenemos a responder. Otras, nos ayudan a tener mayor claridad de lo que podemos hacer para que esta situación, por más difícil que sea, se convierta en una oportunidad.

Para ver más claramente el por qué esto es una oportunidad, tenemos que irnos un poco atrás, a los tiempos cuando el hombre salía a cazar. Los hombres más jóvenes acompañaban a sus padres a la caza, teniendo un ejemplo cercano de lo que significaba ser un hombre. Un hombre con propósito. Padres e hijos pasaban horas y horas al día juntos, aprendiendo, creciendo.

Esto se repitió aún después, cuando el hombre comenzó a hacer trueques. Se intercambiaban habilidades; si un hombre sabía hacer zapatos, podía intercambiarlos con otro hombre que supiera hacer algo que él necesitara. Y cada hombre pasaba esta habilidad y amor por su arte a sus hijos. Al igual que en la cacería, pasaban horas transmitiendo conocimientos, compartiendo tiempo de calidad con sus hijos, dándoles el ejemplo de cómo un hombre debe amar lo que hace y debe estar claro en su propósito como hombre.

Pero, en el siglo XVIII, cuando inició la revolución industrial, esto cambió. En este siglo fue donde los trabajos de oficina nacieron. Las grandes compañías se volvieron aún más grandes, y el trabajo del hombre empezó a perder sentido y propósito. Los hombres empezaron a trabajar por seguridad financiera, más que por amar lo que hacían, pasando la mayor parte de su día en una oficina y con un jefe que no hacía más que menospreciarlo y hacerlo sentir como un esclavo (en ese entonces no se conocían los conceptos de liderazgo o incluso de recursos humanos). Y después de horas trabajando sin motivación ni una sensación de pertenencia, regresaban a sus casas, agotados, sin energías, apagados y grises, a sólo darle un beso de buenas noches a sus hijos antes de dormir. Se volvieron padres ausentes, padres apagados, que daban un ejemplo de un padre sin responsabilidades en casa, y sin cariño para dar a su familia.

Quiero aclarar, esto no aplica para el 100% de los hombres que trabajan en oficina. Hay hombres que de verdad encuentran su propósito trabajando de esta forma y encuentran el balance entre el amor al trabajo y el amor a la familia, así como el tiempo que le dedica a uno y otro. Pero en la gran mayoría de los casos no sucede así.

Nos volvimos una especie de robot que hace las cosas en automático, porque así lo hacen todos los demás, sin consciencia de los efectos que nuestras acciones o inacciones ocasionan. Nos perdimos haciendo un trabajo que beneficia a alguien más, sin una pizca de pasión en nuestro interior, para después quedar flotando en la pregunta del “¿por qué estoy aquí?”, siempre ajenos a lo que pasa justo ahora, a nuestro al rededor. Perdiéndonos los momentos más bellos con nuestra novia, nuestra esposa, nuestros hijos. Porque nuestra naturaleza, que necesita siempre de un propósito, de una dirección, nos dejó atascados en la búsqueda de nuestra identidad.

Y nada nos podría sacar de ese círculo vicioso. Nada podría hacernos voltear hacia otro lado distinto a nuestro trabajo y nuestra posición social, porque todo nuestro entorno se ha vuelto una cultura que te hace creer, y te convence, que tu identidad se relaciona con cuánto ganas, con qué tan bien acomodado estás en la sociedad.

Nada podría hacernos salir de ese trance. Tendría que ser algo grande. Algo muy grande, algo mundial. Algo… como lo que vivimos ahora. Algo como una pandemia.

Necesitábamos frenar, parar por completo, para poder pensar en todo lo que no hemos pensado por tanto tiempo. En todo ese tiempo que no le hemos dedicado a nuestra familia, a nuestros hijos. En todas esas veces que hemos elegido nuestro trabajo antes que lo más importante que tenemos: el amor de nuestros seres queridos.

Este virus nos ha mandado a todos a encerrarnos, castigados, pero con un propósito. Salir de este encierro como nuevos hombres. Siendo mejores padres, mejores esposos, mejores hermanos, mejores hijos. Para darnos, casi a la fuerza, el tiempo que nos han robado las mil y un cosas que hemos puesto primero. Justo ahora es el momento para cuestionarlo todo, y comenzar a movernos hacia un mejor estándar de lo que significa “ser un hombre”.

Has lo que nunca has hecho antes. Pregúntale a tu esposa, a tus hijos, a tus hermanos, a tus padres, todo eso que nunca te has atrevido a preguntar. Da ese paso hacia una relación más conectada, más profunda. No es posible que la mayoría de los matrimonios y familias vivan juntos pero se conozcan tan poco. Tenemos que cambiarlo, y se empieza por dar ese paso fuera de la zona de confort. ¡El tiempo ya lo tienes disponible!

Y si no sabes cómo hacerlo, toma un cuaderno, una pluma, y entra a la infinita internet, que debo decirlo, aún si estamos encerrados, tenemos acceso a la fuente de información más amplia de la historia, así que no hay excusa para no ser productivo. Existen cientos, miles de libros, cursos, talleres, enfocados en las relaciones. En cómo restaurar una relación, o cómo volverse más unidos. En cómo reconquistar a tu esposa, o cómo volverte un mejor padre para tu hijo. Círculos de hombres, estudios sobre masculinidad.

El peor caso no es lo que el virus nos pueda hacer a nosotros como sociedad. El peor caso sería que todo esto pasara y volviéramos a lo mismo. No podemos esperar a que acabe esta situación para empezar a hacer algo. El COVID-19 nos ha preparado el camino para trabajar en lo que no hemos trabajado, y nuestra responsabilidad es tomar esa oportunidad y dar lo mejor de nosotros. Volver a ser esos hombres que dan ejemplo de pasión, de cariño, dedicación y amor. Esos padres que todo hijo quiere llegar a ser cuando sea grande. Esos esposos que honran, respetan y edifican a sus esposas. Esos hombres que hemos necesitado desde hace tanto tiempo.

Todos esperan decir gracias por el milagro cuando se vaya el virus. ¿Pero qué pasa con el milagro a través de esta situación? ¿Podemos nosotros ser ese milagro?

Evitemos contagiarnos de este virus pandémico, y comencemos a contagiarnos de una determinación por salir de esto mejores de lo que entramos.

¡A hacer lo que nos toca!

Si no sabes por dónde empezar, quiero ayudarte. Mándame un mensaje aquí.


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