El hombre herido.

Donde está la herida de un hombre es donde se encuentra su genio. Sea donde sea que aparezca la herida en nuestra psique; provenga de un padre alcohólico, una madre o padre humillantes, o de una madre abusiva; proceda del aislamiento, de la invalidez o la enfermedad, ése es precisamente el lugar desde el que daremos nuestro principal regalo a la comunidad.

Juan de Hierro, Robert Bly

Este párrafo, escrito por Robert Bly en el libro Juan de Hierro, provocó una reacción fuerte en mí la primera vez que lo leí. La idea de que nuestro más grande regalo para los demás lo encontraremos en nuestra herida más profunda, me pareció fascinantemente real.

Esto fue verdadero en mi historia. Aún cuando la carrera que estudié en la universidad fue la de ingeniería en energía renovable, y mi meta por mucho tiempo se enfocaba en la concientización de la sociedad para con el medio ambiente, mi mayor aporte a la comunidad es definitivamente el proyecto Voices of Brotherhood, el cual no tiene ninguna relación con la ingeniería. Sin embargo, sí que tiene relación con mi herida.

Apenas hace unos años pude identificar un poco de esta herida. Cuando era pequeño y vivía aun con mi padre y madre, constantemente me estrellaba con un muro interior, el cual tenía grafiteado un “no eres suficiente”. Mi padre era un ingeniero que hacía honor a su profesión: era el más ingenioso de todos. Siempre llegué a referirme a él, aún ahora, como un genio. Pero esta inteligencia era inversamente proporcional a la paciencia que tenía para enseñar a otros. Siempre se desesperaba cuando yo intentaba aprender algo de él, y terminaba sintiéndome incapaz, que simplemente yo no estaba hecho para ello, lo que fuera que me estaba intentando enseñar. Cada que por mi cuenta intentaba mejorar y demostrarle lo que había logrado, el lo superaba hasta el punto de hacerme sentir tonto. Me pregunté muchas veces por qué no podía ser tan listo como mi padre, si acaso yo nunca sería más que un tonto que lo intenta demasiado.

Comence a esforzarme sobremanera en todo lo que hacía, y a aceptar todo reto que se cruzaba por enfrente. Me presionaba mucho para lograr más y más, siempre sintiéndome inconforme. Siempre pensando que, aun cuando lograba algo y tenía la admiración de otros por ello, en el fondo era un tonto que simplemente había hecho un gran esfuerzo. Escondiendo mis miedos detrás de una máscara de trabajo duro.

Con mi madre fue algo distinto, pero a la vez muy similar. Ella no me hacía sentir como un tonto, pero tampoco me decía jamas que estuviera orgullosa de mi. Aún cuando ganaba en algún torneo de artes marciales, sacaba notas altas en la escuela, o me daban algún reconocimiento, sus comentarios siempre eran “muy bien, pero ahora enfocate en…”. Siempre había un pero, un algo más que había que lograr, completar, alcanzar. Como si nunca fuera suficiente. Recuerdo habérselo dicho en la universidad un par de veces, lo que yo más deseaba era escucharla decirme que estaba orgullosa.

Esta situación con mis padres me llevó a sentirme incompleto, que nunca llegaría a ser lo que ellos querían de mi. Que yo tenía que aparentar serlo, y seguir dando más de mi cien por ciento día con día. Y cada que me sentía agotado física y mentalmente por ese esfuerzo constante, entraba también en mi un sentimiento de culpa, como si descansar me pudiera llevar a ser descubierto por los demás como en verdad era: insuficiente.

Todo hombre carga con una herida, ya sea amplia, corta, profunda o más superficial, pero la tenemos. E incluso el esfuerzo de hablar de ella puede ocasionar que se abra. Mientras escribía este artículo, llegué a un punto de estar drenado emocionalmente y hundirme en el sillón, hasta que mi novia me encontró apenas asomándome desde las arenas movedizas de mi mismo y con los ojos llorosos le pedí ayuda para salir.

Todos tenemos heridas, y eso no nos hace menos que otros. Nos hace humanos, y nos demuestra que somos seres que sienten, aprenden, y crecen. Nuestras heridas nos enseñan lo que no queremos en nuestras vidas, incluso lo que no queremos llegar a ser. Nos informan, pero no deberían formarnos. No deberían ser nuestra motivación o combustible para seguir adelante. No deberían definir nuestra identidad, pero sí ser un punto de partida para quién queremos ser, y lo que queremos lograr como hombres.

Robert Bly no habla de una herida, habla de la herida. Esa herida en especial, la que no nos deja y nos persigue por años, guiando nuestras vidas mientras nosotros hacemos todo lo posible por no replicar ese dolor, e inevitablemente cayendo nuevamente en el. La misma herida que, al desarrollar nuestro carácter, puede ayudarnos a descubrir el mayor regalo que aportaremos a la comunidad, como menciona Bly.

“Donde está la herida de un hombre es donde se encuentra su genio”. Me parece muy interesante esta relación herida – genio, ya que lo he visto expresarse claramente en la vida de hombres que he ido conociendo a lo largo del crecimiento del proyecto Voices of Brotherhood. Hombres que se han atrevido a remover esa herida, el dolor que ha surgido de ella, y encontrar la bala que la ocasionó. Valientes que han enfrentado cara a cara su sombra más oscura, y han dialogado con ella. Esos hombres que han hecho las paces con sus heridas, dejan de ser frenados por ellas.

Cuando enfrentamos la herida, no se borra ni desaparece, pero deja de controlarnos a través del miedo. Ya no alimentamos esa sombra a través del rechazo de una parte nuestra, sino que la aceptamos y ello le resta gran parte de su poder sobre nosotros. Esos hombres que vemos como imparables, no son hombres sin heridas, sino que se han sentado a dialogar con ellas y las entienden, las portan incluso con cariño. La herida puede llevarnos aún más lejos de lo que esperamos, cuando la usamos para nuestro crecimiento.

Nunca habría podido iniciar este proyecto sin haberme sentado un día a charlar con mi sombra, esa que me ha causado tantos problemas en mis relaciones, que tanto juré nunca repetir. Solo al escucharla, pude entenderla, y al entenderla, pude trabajar con ella, para decidir conscientemente hacia dónde crecer, y no ser dirigido inconscientemente por ella. Y decidí ayudar a otros hombres con sus sombras, con sus heridas, para aceptarlas y comenzar a trabajar con ellas. Y eso me ha traído la pasión más grande que he tenido a lo largo de mi historia.

Tener heridas no te hace menos que los demás. Te vuelve humano, y el aceptarlas te puede llevar mucho más lejos de lo que te han hecho creer que puedes llegar. Acéptalas, acéptate, y crece, porque tienes un regalo muy grande que darle a la comunidad.


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