Los 3 bloqueos más grandes del desarrollo colectivo de la masculinidad sana.

Después de algunos años trabajando con hombres, me he dado cuenta que buscar cambiar el estándar de masculinidad que vivimos actualmente en Latinoamérica será una tarea aún más difícil de lo que pensé. En ningún momento lo consideré sencillo, pero al ir descubriendo poco a poco los principales bloqueos para lograr este cometido, ha sido más clara la inmensidad de estas barreras.

Y aún si esta manera de iniciar el presente escrito puede no ser la más alentadora, me permitiré contrarrestar ese peso asegurando que en ese mismo tiempo he presenciado cómo es que, ladrillo a ladrillo, se va desmantelando poco a poco cada una de las barreras. Con cada hombre que decide dar un paso más en su desarrollo personal y descubrir una forma sana de vivir su masculinidad, se da un paso colectivo hacia el cambio que buscamos como sociedad.

Por más que hablemos de estos pasos como retirar pequeños ladrillos de un enorme muro, siempre serán reconocidos como lo que en verdad son: decisiones extremadamente valientes por hombres que han decidido diferente. Esos hombres que verdaderamente están haciendo algo por su entorno, comenzando por sí mismos.

Sin embargo, el cambio continuo solo puede darse si se tiene claro qué es aquello que debe cambiarse. Para desmantelar un muro, es necesario conocer sus piezas, su composición, lo que lo conforma. En este caso, hablaremos de los 3 principales bloqueos del desarrollo colectivo de la masculinidad sana, haciendo referencia a Robert Moore y sus estudios sobre los arquetipos masculinos y el proceso de auto-descubrimiento del hombre.

1. Falta de ritos de iniciación.

Los ritos de iniciación, también llamados ritos de paso, han sido tradiciones con las cuales distintas culturas han marcado la transición de un estado infantil a una adultez madura. Del niño al hombre, podríamos decirle. Estos ritos de iniciación contaban con una serie de actividades que retaban al niño (de alrededor de 12-13 años) a enfrentarse con situaciones sumamente difíciles, incluso de alto riesgo de muerte.

Algunos antropólogos como Arnold Van Gennep y Victor Turner mencionan cómo es que este encuentro con la muerte en un entorno contenido (por su comunidad, los hombres maduros y sabios de la tribu, etc) lleva a la iniciación, donde se adquiere un conocimiento e identidad superiores. Y cómo es que, por otro lado, un encuentro con la muerte sin una contención adecuada, nos lleva directo al trauma (mucho de lo que sucede hoy en día tiene que ver con esto).

Ahora, dicho “encuentro con la muerte” no necesita ser una actividad en la que literalmente arriesgues tu vida. Muchas culturas así lo hicieron en el pasado, pero no es necesario replicarlas de la misma manera (sería algo un tanto… controversial). Lo que esta iniciación requiere es el enfrentamiento con la muerte de una parte de nosotros. Una identidad, una creencia o ignorancia, la muerte de nuestra perspectiva inmadura, de nuestra dependencia hacia nuestros padres, etc.

Muchos de nosotros vivimos algún tipo de iniciación “accidental”, contenida a medias, o pseudo iniciación: El padre llevando a su hijo a un prostíbulo a “volverse un hombre” es un intento de iniciación, nada contenida (comúnmente se desarrolla un trauma en el joven debido a esta experiencia). La pseudo iniciaciones de las fraternidades, donde en muchos casos se recurre a humillaciones extremas, muy similar a algunos casos dentro de la milicia, donde se rapa al nuevo recluta como parte de dicha iniciación, o pseudo-iniciación.

En mi caso, la muerte que enfrenté fue la de mis planes. A mis 24 años me vi envuelto en un accidente que me llevó a un proceso legal de varios años. Ese accidente marcó el fin de los planes que tenía desarrollando por años, el empleo que tanto esperaba y que finalmente había conseguido, y la relación que en ese momento tenía. Incluso la sensación de seguridad de mi propia ciudad. Después de ese accidente, pasé casi un mes encerrado, sin querer siquiera ver la luz del sol.

Fue una depresión intensa. Había enfrentado la muerte de cerca, de la mano con la muerte de lo que de alguna manera ya daba por hecho. Después de ese tiempo encerrado, fue la primera vez que tuve contacto con un ligero sentido de propósito. Podría decirse que fue ahí donde comenzó mi camino de autoconocimiento.

A falta de una comunidad o cultura que nos acompañe en esta iniciación, muchos de nosotros hemos tenido que encontrar la manera de generar esa transformación interna. Para algunos será una situación similar a la mía, el fallecimiento de un familiar, el final de una relación, un viaje complicado al bosque o la montaña… hay muchas maneras de experimentar esa iniciación aún si no es de una manera completa. Algunas culturas y creencias han desarrollado sus propias pseudo-iniciaciones, pero llegan a caer más en un aspecto ceremonial, carentes de la suficiente fuerza y profundidad para generar una transformación de consciencia, como Moore lo menciona en su libro “Rey, Guerrero, Mago, Amante”.

Sin un proceso iniciatorio completo, es totalmente entendible que nos veamos rodeados de hombres que actúan como niños, con una masculinidad incompleta, inmadura, abusiva o débil. Muchos han tenido que encontrar su propio camino hacia algún tipo de iniciación en solitario. Entonces, si cada hombre está viviendo este proceso por su cuenta, ¿qué necesitamos hacer como hombres para acompañarnos unos a otros a través de ello?

2. El patriarcado.

The “P” word. El famoso y tan últimamente mencionado patriarcado. Es verdad que vivimos rodeados de una cultura profundamente patriarcal desde al menos unos cuantos miles de años, pero ¿qué impacto tiene esta cultura en el desarrollo de una masculinidad sana?

Para empezar, definamos un poco el concepto de patriarcado:

El patriarcado es un sistema de dominio institucionalizado que mantiene la subordinación e invisibilización de las mujeres y todo aquello considerado como ‘femenino’, con respecto a los varones y lo ‘masculino’, creando así una situación de desigualdad estructural basada en la pertenencia a determinado ‘sexo biológico’.

Equipo Nahia (2013): Los deseos olvidados: La perspectiva de Géneros y de Diversidad Sexual en el trabajo de Cooperación y  Educación para la Ciudadanía Global. Bilbao.

Como esta definición lo menciona, el patriarcado busca dominar y subordinar todo aquello relacionado con lo femenino. Por ello es que esta cultura atenta de forma violenta y dominante contra la mujer, la comunidad LGBTI+ (por su mayor fluidez y conexión con el femenino), y todo hombre que se atreva a sentirse más cómodo con sus características femeninas.

En pocas palabras, el patriarcado es la expresión del inmaduro masculino, en busca de dominar al femenino. Y un lado inmaduro o inconsciente (también llamado sombra) en busca de dominio, no puede expresarse de forma pacífica. Es el resultado de una cultura y sociedad que no ha guiado y acompañado de manera correcta a sus jóvenes en la transición de niños a hombres, y se han quedado en una psicología del niño, viviendo una masculinidad egoísta, centrada en sí misma, en busca de tener el control en lugar de encontrar el balance con el femenino.

Esta no es una representación de una masculinidad sana. Es, incluso, un ataque al masculino y femenino plenos, como lo menciona Moore. Y a través de este ataque es que se ha llegado a una sociedad dominada por él. La combinación de la falta de hombres iniciados y una cultura que ataca a los mismos hombres iniciados nos ha traído a un punto donde son pocos los ejemplos de masculinidad realmente madura.

Por esto es tan necesario poner un alto definitivo a esta cultura. Haber sido liderados, o más bien, dominados por una idea basada en el miedo, no nos ha hecho nada bien. Pero… ¿a qué le teme? Como mencioné unas líneas atrás, el patriarcado es la representación de una masculinidad inmadura, la masculinidad del niño en el cuerpo del hombre, y aquello a lo que más le teme esta masculinidad es a la mujer, y a los hombres iniciados. O en otras palabras, verdaderos hombres.

3. Una crítica destructiva hacia la masculinidad.

Durante las últimas décadas, y con el alza de voz de distintos movimientos en busca de igualdad, se ha logrado visibilizar una montaña de discriminaciones, desigualdades e injusticias para distintos grupos y comunidades. Se han tenido grandes avances, pero aún así queda un gran camino por recorrer si lo que se busca es una sociedad plenamente igualitaria y/o equitativa.

Sin embargo, a través de ese camino en busca de visibilizar actitudes de discriminación y desigualdad, se ha creado en paralelo una corriente que ve la masculinidad y las características que la representan como algo fundamentalmente dañino. Incluso como al hombre como un ser naturalmente violento y malvado, reprobando entonces toda actitud o característica que denote algún tipo de seguridad o firmeza, por la reactividad que ello puede causar en personas de otras comunidades.

Y es completamente entendible de dónde viene el rechazo. Esto no comenzó con estas corrientes, han sido siglos y siglos de discriminación y dominio, de silencio y heridas. Es entendible el por qué se han creado estas corrientes o narrativas. Es una herida que sigue causando una defensividad inmensa en muchos.

Y aún si son los menos, esta narrativa sobre una masculinidad fundamentalmente dañina ha desarrollado una razón de peso extra del por qué tantos jóvenes llegan incluso a temer abrazar o mostrar sus características masculinas. Son muchos los hombres que llegan a los círculos de hombres que lidero, así como a mis mentoras a trabajar individualmente conmigo, que están totalmente seguros que lo que se debe hacer hoy en día es mayor conexión con la feminidad. Que esa es la respuesta absoluta a todo este embrollo en el que nos hemos metido como sociedad.

Pero no, eso no es lo que necesitamos. No necesitamos más energía femenina (Si esto te hace sentir algo de reactividad, tal vez haya algo de esa idea en ti también. Y está bien). Se le ha dado cada vez mas impulso a lo femenino y eso ha hecho grandes impactos positivos en la aceptación de la diversidad y el enfoque en la empatía de quienes nos rodean. Tenemos grandes ejemplos de feminidad plena… pero escasos, de masculinidad plena.

Lo que necesitamos es más energía masculina. Pero energía masculina MADURA. Ese intuitivo, profundo y poderoso masculino que por tanto tiempo se ha quedado de lado, escondido, abandonado por tantos hombres que no han llegado siquiera a tocarlo, por quedarse en una masculinidad inmadura, o por miedo a ser juzgados por la sociedad y cultura actuales.

Mientras no haya hombres que se atrevan a abrazar esa masculinidad madura, no podremos sustituir el mal ejemplo que se ha dado hasta ahora por uno sano, consciente, completo, que se honre a sí mismo y al femenino. Hombres que sepan traerse al presente, vivir el llamado “regalo de la presencia” constantemente, saber tomar decisiones firmes y claras, liderar a otros tomando en cuenta sus necesidades, virtudes y experiencias, estar conectados con un propósito profundo, más elevado que cualquier interés personal, y completamente cómodo y orgulloso de su identidad. Hombres que honran tanto la vida como la muerte, que saben observar y sentir más de lo que buscan controlar y dominar. Hombres verdaderos. Hombres casi extintos.

La combinación de estos tres puntos han creado la barrera más grande en nuestra búsqueda de desarrollar colectivamente una masculinidad madura. Sin un espacio dónde acompañar la transición y transformación del inmaduro masculino al maduro, rodeados de una cultura y sociedad que teme y por ende desincentiva cualquier muestra de masculinidad sana, resulta una tarea complicada dar pasos hacia adelante. Aún así, y como mencioné al inicio de este escrito, he tenido la oportunidad de presenciar el crecimiento y desarrollo de numerosos hombres a través de su búsqueda de una masculinidad madura y profunda. Mantengo la esperanza de que me será posible ver en algún momento una sociedad en la que el estándar de masculinidad sea uno muy distinto al que vivimos ahora.

Es una misión grande la que tenemos delante, pero nada imposible. Cada vez hay más espacios en los cuales trabajar en el desarrollo de nuestra masculinidad, y acompañarnos de otros hombres recorriendo el mismo camino. Cada vez hay más información al respecto y hombres dando pasos adelante. Y es responsabilidad de todos nosotros seguir dando esos pasos, para así, en algún punto, lograr ver ese cambio que tanto buscamos.

Sigue trabajando, hombre. Lo estás haciendo bien.


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